Todo empezó cuando me di cuenta que había compañeros de clase que corrían más que yo. Sí, las semanas las pasábamos corriendo para ver si alguien ganaba alguna posición del ranquin de corredores, pero no, siempre era el segundo en las carreras. Ese mismo año tuve la desgracia de descubrir que tampoco era el que más fuerza tenía. Una de las carreras resultó muy igualada  y me vi defendiendo mi segunda posición en una riña sin precedentes con el tercero que más corría, y entonces, apareció la sangre y la derrota. Ocupaba la tercera posición del ranquin de la fuerza. Pero la hecatombe ocurrió cuando noté que no era elegido por los capitanes de los equipos de futbol o sólo contaban conmigo por necesidad numérica. Sí, no sabía jugar a futbol. El deporte nacional y el juego rey del colegio quedaban fuera de mi alcance. Mi incompetencia para el futbol me forzó a unirme a los chicos etiquetados como raros e incluso cuestionados por sus ausencias de características masculinas. Pero pronto descubrí que con ellos había otros ránquines y en ellos ocupaba otras posiciones.

Mi comparación con los demás me ha acompañado toda la vida y sigue haciéndolo. Pero la consideración de los diversos ránquines donde estoy pasó de  ser dolorosa a fructífera cuando comprendí que existían las diferencias personales y éstas nos definían competencialmente.

Las competencias o capacidades para el desempeño de actividades han de ser conocidas por cada persona para su entrenamiento y desarrollo por una parte, y por otra, para sopesar en ellas el grueso de nuestras diferentes vidas: personal, familiar, social y laboral. No podemos permitirnos el lujo, en esta sociedad tan competitiva, de poseer capacidades ocultas.

Pero al igual que debemos saber con qué capacidades contamos, debemos conocer nuestras no competencias. Éstas son muchísimas en todos nosotros. Las personas somos muy incompetentes para muchas actividades, pero estas ausencias no deben proporcionarnos nuestra lista de defectos ni las etiquetas con las que nos definimos, sino más bien deben ser consideradas como la guía de las actividades a no realizar, e incluso la relación de ayudas que debemos solicitar.

Este conocimiento competencial tiene un peso considerable en la confección de la autoimagen y por consiguiente en el desarrollo de la autoestima personal. Una imagen completa de lo que podemos y no podemos hacer, así como el uso de un lenguaje coloquial y normalizado para nombrar nuestras capacidades y no capacidades proporcionarán la confianza personal  necesaria para un desarrollo funcional idóneo.

Cuanto mayor y más temprano sea el conocimiento competencial de los hijos por parte de los padres, más justos serán en sus exigencias con ellos y mayor resultado darán sus líneas de motivación y sus métodos de recompensas. Por lo tanto, siempre habrá que adaptar los métodos pedagógicos al análisis competencial de cada niño.

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